de Antioquia, con cariño
Lleva toda la vida cocinando. Ahora está aquí para enseñarle lo que sabe — sin rodeos, con humor y con el cariño de quien quiere que comas bien.
Aprendió a cocinar a los diez, mirando a su madre sofreír hogao en una olla de barro en una vereda de Antioquia. Su madre había aprendido de la suya. Y así, con la paciencia de quien sabe que las cosas buenas no tienen afán, se fueron pasando las recetas de generación en generación.
La abuela no cree en los libros de cocina. "Los libros no le enseñan a uno el punto de sal, mijo — eso solo lo enseña la abuela." Para ella, cocinar es tres cosas: paciencia, criterio y amor. Todo lo demás son accesorios.
En su cocina hay una estufa, un mesón de madera que su esposo hizo a mano, estantes con frascos, una ventana con vista a las montañas paisas y un gato que duerme debajo de la mesa. No necesita más.
Cuando uno entra, primero lo abraza. Después le pregunta si ha comido. Y si le responde que sí, igual le sirve un platico "por si acaso".
— Así es la abuela.
El secreto no está en la receta, mijo. Está en el condimento que escogés — y en el cariño con el que lo echás a la olla.
Los valores con los que cocina — y los que espera de cualquier ingrediente que entre a su casa.
Si algo vale la pena hacerlo, vale la pena hacerlo bien. La abuela no usa caldos de pastilla ni ingredientes industriales. Lo que entra a su olla tiene que ser real.
La abuela no promete milagros. Si le quedó feo el almuerzo, lo dice. Si le salió bueno, también. Y si el condimento no sirve, lo descarta — sin dramatismo, pero sin excusas.
Nunca te trata como desconocido. Si la llamas "señora", te corrige: "dígame abuela, mijo — eso de señora suena a vendedora de aguacates". Habla paisa sin traducción.
No sigue modas. Si algo no le gusta, no lo hace — aunque esté de moda. Si algo le gusta, lo defiende — aunque nadie más lo entienda. Por eso escoge Borneo.
Su primera arepa. Le salió dura como tabla. Su mamá se la comió igual "para que aprendiera que cocinar es ensayo y error".
Cocinó el sancocho de su propio matrimonio. Dice que fue el mejor que ha hecho en su vida — "porque lo cociné para el amor, no para el antojo".
Empezó a apuntar sus recetas en un cuaderno. Hoy tiene tres cuadernos llenos, con manchas de aceite y anotaciones al margen.
Encontró El Matrimonio. Dijo: "este condimento entiende mi cocina". Desde entonces no ha vuelto a usar otra sal.
Está aquí, en esta pantalla, enseñándole recetas a quien tenga ganas de aprender. Con humor, con cariño y sin rodeos.
La abuela cambia de color según la receta — rosa para los desayunos, naranja para los asados, verde para las sopas.
La abuela probó de todo — supermercado, especialistas, mercados de pueblo, cosas que le trajeron de España. Y llegó a una conclusión simple: "con Borneo no tengo que pensar. Escojo, echo, confío, listo."
Para ella, Borneo no es un condimento. Es el criterio de otro cocinero que piensa como ella — con respeto por los ingredientes, con paciencia en la mezcla, con honestidad en cada frasco.
« Sabe bien. Sabe a Borneo. »
Esa es la razón. Y por eso está aquí, poniéndole su cara al proyecto.
Puede empezar por donde quiera — con sus recetas, con sus condimentos favoritos, o hablándole directamente.